Los herederos. Eugéne Buland. 1887. Museo de Bellas Artes, Burdeos.

Página personal de Avelina García Colmenero. Gracias por acompañarme un rato.
Aquí encontrarás lo que escribo, leo o pienso. No sé si tiene mucho interés para el mundo, pero ya que estás sé bienvenido.
Aquí se está bien.



domingo, 19 de enero de 2020

PARÍS Y LAS SEÑORAS BIEN PEINADAS


EL FRÍO

EL FRÍO

A las diez de la mañana ha llegado una mujer y su entrada produce un ruido diferente en la sala, un temblor en el aire silencioso y opaco. Deja la bolsa sobre la mesa de los desayunos y comienza a sacar las bolsitas de té y las galletas. Hoy, además y como novedad, saca unas madalenas que llevan incrustadas lo que parecen bolitas de chocolate. Coloca los zumos y las botellas de agua perfectamente alineados al fondo de la mesa. Es lo que más se consume, según he podido observar en el tiempo que mi padre y yo llevamos viniendo aquí. La mujer se marcha como ha venido, con una sonrisa nos dice a todos: Buenos días, hasta mañana. Entra el sol por los ventanales. La televisión permanece encendida, apenas con volumen. Las imágenes se suceden según los colores conocidos de ciudades, tráfico, sucedidos, economía. Nadie parece hacer mucho caso al programa matutino. Es todavía temprano para comer nada: tostadas mojadas en té, beber un refresco que alivie la boca reseca. Algunos todavía están adormilados, después del viaje en coche o autobús desde el pueblo quizá, tras pasar una noche de insomnio imaginando cómo sería estar aquí por primera vez, temiendo durante minutos eternos el sonido de crujidos y martillos de las máquinas que aguardan dentro. La mayoría han venido con un acompañante, solo unos pocos se sientan solos y evitan el contacto visual con los demás. La soledad es doblemente dolorosa en esta sala. Nadie les ve marchar cuando pronuncian su nombre.
Permanezco sentada en una de las sillas laterales arrimada a la pared, hago como que leo el libro que he traído. Es un libro de cocina. A mi padre le ha gustado siempre cocinar. Luego, en el viaje de regreso le explicaré con detalle las recetas que he leído, le describiré cada una de las elaboraciones de los platos, su color y disposición. En fin, simulo que no existo para ellos, porque soy diferente. Solo estoy aquí para permanecer al lado de mi padre y verlo entrar y regresar después, con el frío bajo la piel. Para rescatarlo al final de cada mañana, hasta el día siguiente.
El frío, dicen, se asemeja en su tacto a una llaga bajo la piel. Cada día se extiende un poco más por el cuerpo, a lo largo y ancho de las extremidades. Ni siquiera la luz del sol puede atemperar este frío venenoso que permanece durante mucho tiempo en el recuerdo de aquellos que lo intentan describir.
La mujer del pañuelo azul se levanta despacio y se dirige a la mesa de los desayunos. Coge una botella de agua, le cuesta mucho esfuerzo hacer girar el tapón para beber. Ha venido sola y percibo su mirada suplicante desde el fondo de la sala. Yo la ayudo, señora. Me indica con un gesto que le acerque una de las madalenas con pepitas de chocolate. Le abro también el envoltorio del dulce y me da las gracias sonriendo. Me acompaña a mi asiento para comer su exigüo desayuno con nosotros. Ante mi sorpresa, se acomoda al lado de mi padre, sentado frente a mí y le ofrece un vaso de agua. Las palabras de la mujer del pañuelo azul crean un raro efecto en la sala, como un eco. Tome, señor, está fresca. Y algunos se vuelven a mirar, sorprendidos de que alguien haya roto al fin este silencio temeroso y casi obsceno.
Vuelven a escucharse palabras. No es el sonido de las conversaciones en una cafetería por la tarde, de una sala de espera en la estación de autobuses, de un colegio a la hora del recreo, del centro comercial de la ciudad donde vivimos. Son palabras que brotan del alma de cada uno desafiando el miedo; al igual que en los anfiteatros romanos se escuchan desde las gradas los diálogos declamados en escena, muy lejos de los espectadores. Es un eco perturbador que se hace oir por encima del sonido de la televisión y de las llamadas de control. Hablan entre sí, mi padre le cuenta a la mujer del pañuelo azul que él, en su día, horneó unas madalenas de frutas y chocolate que obtuvieron críticas muy favorables en unas cuantas revistas de cocina. De eso hace ya muchos años. La mujer lo mira y asiente, sonríe mientras come su madalena a pequeños pellizcos, masticándola muy despacio. A nuestra izquierda se habla de fútbol, a nuestra derecha de cómo tomar la autopista desde la ciudad para así esquivar el atasco seguro de mediodía. Apenas se ha escuchado el nombre de mi padre desde el control, lo han repetido varias veces. Se acerca la enfermera y, sonriendo, le dice: Ya es su turno. Ya es la hora.

Miro alejarse a mi padre hacia el pasillo tintado de verde. Desaparece bajo el rótulo que informa acerca de las precauciones necesarias para entrar en la unidad de radioterapia. La mujer del pañuelo azul me aprieta suavemente la mano y se retira hacia los luminosos ventanales. Lentamente se inclina y apaga el televisor.


  Con este relato volví a escribir, después de muchos años en silencio. Supongo que tenía otras cosas que hacer. El premio obtenido en el Certamen de relato de la UP me dio un empujón y nuevos ánimos.
  Hoy no puedo evitar recordarlo.
  La nieve trae recuerdos y sonidos. Siempre relacionados con la literatura.
  

                                                                     Alix Box
  
  



martes, 25 de noviembre de 2014

VENTANAS CEGADAS







Durante muchos años he estado ciega ante las casas de mis vecinos. No sabía apenas de sus vidas hasta que empecé a sacar fotos de sus casas, sus corrales, sus patios. Las ventanas de las casas deshabitadas en poco se diferencian de aquellas que ocultan la vida y costumbres de sus habitantes. Apenas la pintura de las fachadas de adobe, las cortinas floreadas, los tiestos en las rejas anuncian la cercanía de la gente.
En invierno la aldea se queda casi vacía. Huele a leña de olivo y a frío. El silencio carece de intención, está completamente limpio. 


CONTRA LA LUZ 1


UN POEMA MÍO QUE LE GUSTA A MI HIJO

CRIATURAS TENACES EN EL DESORDEN

“Y que el cantar que hoy cantas será apagado
un día por música de otras olas”

                                                        José Hierro
                                                                          
Miro mientras duermen.
Después, me retiro a los lugares que nos separan
cada  día. Me retiro, me aparto, convierto
mi existencia en el aire invisible
del que se alimentan.
Despido amablemente a sus amigos imaginarios,
quienes les enseñan nuevas palabras
que dan sentido al mundo
ancho y ajeno
de los telediarios
y de los deberes sin hacer.
Me despido hasta otro día
y apago la luz del pasillo.

Entonces rezo a la oscuridad,
espesura sin palabras
desde donde siempre acechas,
invierno cruel de la infancia,
y pido por ellos.
Doy gracias:
por las prisas de todas las mañanas,
por tantos desayunos derramados,
por sus lágrimas sin dolor y sin ternura.
regresarás cada noche y miraré tu rostro
sin miedo.

Déjalos aquí
anclados entre mis manos,
cada noche

mis criaturas tenaces en su desorden.

           


domingo, 28 de junio de 2009

BERLÍN, 5 DE MAYO DE 1945

¨Sí, la guerra viene arrollando sobre Berlín.

En este día de mayo tenemos un cielo muy oscuro. El frío no quiere ceder. Estoy sentada en el taburete delante de nuestra lumbre alimentada miserablemente con todo tipo de libros nazis. Si toda la gente hace lo mismo -y realmente lo está haciendo así- el Mein Kampf de Adolf acabará siendo otra vez una rareza para bibliófilos¨.

Una mujer en Berlín.

domingo, 14 de junio de 2009

PIEDRA Y SUELO

"Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas que no cierran.

Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos del camino.
No es misantropía.
De este modo las piedra
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos".